27 agosto, 2006

CUPATGES



Estic una mica fart de que amics / amigues, companys / companyes, col·legues....i d'altres plastes , em diguin una i altra vegada: "Escolta, tu que vius a ......quin vin ? quin cava?".
I si no, "Vosaltres que heu fet la webquest aquella del vi....quin vi? quin cava? "
I si fins ara el que pasava per la meva ment es quedava allà, ara nomès tinc que enviar-los a comprar la revista CUPATGES, que ja ha tret el número 10 (maig-juny), i que fa una divulgació dels productes que s'elaboren a Catalunya, i que si no satisfà la seva inquietut almenys a mi em dona una raò per dirigir-los als experts i que em deixin en pau.
Wikipedia la defineix així:Cupatges és un revista en llengua catalana de divulgació de la cultura del vi i la gastronomia. Està editada per l'empresa Stilgraphic, de Barcelona, i es ditribueix als quioscos i establiments especialitzats. Aquesta publicació va aparèixer l'any 2004, i conté informacions del sector vinícola, reportatges sobre cellers i denominacions d'orígen, entre d'altres.
Obtingut de "http://ca.wikipedia.org/wiki/Cupatges"

Així que, au!, el que tingui curiositat que se la miri.

13 agosto, 2006

¿TRASCENDETE O DIVINO?

Ésta era la pregunta que se hacía no sé qué poeta romántico y me parece oportuna para enlazar con el "delirium tremens" (¡Qué pena que ya se haya olvidado esta expresión! Con la de sugerencias que introducía: el delirium (otra vez el romanticismo) tremens ( más romanticismo. Apurar la copa de la vida hasta sus últimas consecuencias).
Ara que somos calculadores... Cómo si el contar números tuviese alguna trascendencia. En "El Principito" ya teníamos aquel personaje que decía: "....¡Tengo tanto trabajo! Yo soy serio, no me divierto con tonterías. Dos y cinco, siete..". Pero claro, nosotros no somos él...

Bueno, que va de rollo.
He estado buscando por alguna parte la edición en castellano de "In vino veritas" de Soren Kierkegaard, editada por Guadarrama en los años 70. Y no la he encontrado.
Eva, con su eficacia sin límites, ha encontrado una versión en inglés.

¿Alguien me proporcionaría la versión en idioma del "imperio"?.

Para poder consolarme coloco aquí un pequeño cuento de José Prat, nacido en Vigo en 1867 y muerto en Barcelona en 1932, intitulado "In vino veritas". Recogido en la antología "Dinamita Cerebral", publicada por Ed. Icaria en Barcelona en 1977.

Os invito a hacer ejercicios lingüísticos y de vocabulario.




In vino veritas

La cena terminó a las dos de la madrugada. No en íntimo, en imprevisto consorcio solamente, hazaña de la casualidad, aquel vis‑a‑vis, embarazoso al principio, fue gradualmente animándose al compás del tintineo de las llenas copas y al calor de los suculentos manjares.
Al terminarla, el rojo zumo de la uva, apurado alegremente, había pasado a las mejillas y hecho desaparecer la timidez, convertida ya en bravío atrevimiento.
El medianejo champagne espumaba en el cerebro. Este huía ya a intervalos, se escapaba entontecido de la craneana cárcel, estrecha cuando el vino retoza.
El café no había podido ¡qué había de poder! disipar los vaporosos celajes que en la imaginación flotaban, a medias descubriendo horizontes extraños y desconocidos.
Y luego, la miajita del turbulento alcohol, el humo del cigarro que vela la escena, la carcajada intempestiva, el chiste que cosquillea en el oído, todo junto, eran agravantes momentáneamente risueños, motivos, preludios de escenas no calculadas.
No era aún la borrachera, pero sí la alegría provocada.
En la calle el frío debía ser intenso, a juzgar por el arropamiento de los presurosos, escasos transeúntes. Nosotros no lo sentíamos siquiera. El calor desarrollado en el estómago comunicábase a la epidermis, desafiando la temperatura, circulando vibrátil en la sangre y en nervios.
Nuestras carcajadas retumbaban estruendosas en el silencioso paseo. Los pies no pisaban muy firmes, que digamos; pero regíanse aún lo suficiente para no tambalear.
Mi media personalidad que quedaba buscaba a la otra mitad abandonada en la mesa del restaurant y en este su empeño sólo tropezar lograba con lo desconocido que llevaba de bracete.
Lo desconocido era la incógnita del arroyo. El algo doloroso que se vislumbra un momento y luego lo olvida el hastío.
El dolor reía bajo la máscara de colorete. La seriedad se había convertido en chispeante tontez.
Y ambos de bracete caminaban inseguros en perseguimiento de la bestialidad, dorada entonces por el deseo irreflexivo.
A cada paso que daban, aumentaba la distancia que los separaba, acortada entonces por el nivel que provocó el bíblico tambaleo de Noé.
Finido el camino veíase al lupanar convertido en muslímico harem.
Y en el harem que miseria improvisa fue a dar de bruces mi media personalidad. La otra mitad preparaba entretanto una jugarreta maliciosa, amoscada por el abandono en que le tenía, mientras la fiebre desnudaba a la Venus creada por la maldad pagana y la civilización católica.
Mi medio yo iba a actuar de celebrante en el altar de aquella divinidad nada mitológica, ofreciéndola el ósculo de la lascivia, cuando, al estallido de éste, hete aquí que se presenta de improviso mi otra mitad y cambia el ídolo al pedestal.
Echéme atrás horrorizado, convulsivo. Frío sudor de muerte goteaba en mi frente. El vacío golpeaba en mis sienes con el martilleo de la lógica.
¿Fue la razón que vislumbra, o fue el vino que la anubla? El acaso, ¿había tomado tal vez forma concreta? No puedo decirlo con palabra que pinte gráficamente aquel mi estado de ánimo.
Mi hermana, mi propia hermana, carne de mi carne, recuerdo de mis infantiles juegos, parte de mi ser, estaba allí inmóvil y sonriente, con la inmovilidad del cadáver, con la sonrisa del dolor, ofreciéndose a mi fiebre.
No hablaba, no me conocía; extraña a mi presencia, flotaba en sus azules ojos la resignación de la víctima; la atrofia, producto de una serie de morales y materiales caídas, reflejaba en su mirada la sombría tristeza de la eterna noche oscura.
Tuve miedo y quise huir, pero no podía. El terror había hecho brotar raíces en mis pies, parecidos a losas de plomo.
De mi garganta se escapaban quejidos de abatimiento. Yo intentaba traducirlos en palabras de conmiseración y simpatía, pero en vano. ¡Qué pesadilla!
Tras unos minutos que pareciéronme siglos, llamar pude en mi auxilio a la voluntad tardía y arrancarme, con esfuerzo de náufrago, de aquel sitio.
Recuerdo que mis vestidos se me antojaban mortajas al endosarlos de nuevo. Mortajas que produjeron sonidos metálicos, notas argentinas que subían del suelo a mis oídos, ruidos siniestros que me persiguieron largo rato.
Pude llegar a mi casa en medio de la torrencial lluvia que helaba aún más mi terror, monologando durante todo el camino, como si me hubiese vuelto loco, palabras incoherentes, entre las cuales se destacaban las de ¡mi hermana! ¡hermana mía! ¡víctima inocente! ¡ malditos! ....
Después, quedéme dormido con la pesada, somnolencia de la marmota.

A la mañana siguiente, el sol lucía en la atmósfera todas sus ígneas galas, todos sus matices, desde el rojo sangre hasta el tenue carmín que colorea en las níveas mejillas de la doncella.
Sólo faltaba, en aquella paleta de un solo color, el rojo del zumbante vino.
Pero en mis oídos aún repercutía el ¡hermana y víctima! siniestro del final de aquella orgía.